Volver.
Después de vivir en color.
Hoy he recibido una de esas llamadas que dan miedo.
No porque alguien haya muerto, ni porque haya pasado una desgracia, sino porque hay llamadas que te recuerdan que el tiempo sigue corriendo aunque tú hayas conseguido olvidarte un rato.
Era la jefa de recursos humanos.
Me llamaba para informarme de que se me acaba la baja de paternidad y que tengo que ir pensando en volver al trabajo.
Volver.
Qué palabra tan fea cuando llevas meses viviendo.
Sobre el papel, entre permisos adicionales y vacaciones no disfrutadas, debería reincorporarme a finales de junio.
Y te digo la verdad, solo de pensarlo me sale un sarpullido.
Porque mi trabajo por cuenta ajena solo tiene una cosa buena: el salario.
Todo lo demás son excels, llamadas en inglés, reuniones absurdas, horas extras y estrés. Mucho estrés. Del fino. Del que no hace ruido porque ya te has acostumbrado a vivir con él encima como quien se acostumbra a un zumbido permanente.
Lo curioso es que seguramente esto te resulte familiar.
Pero hay una diferencia enorme entre odiar tu trabajo un domingo por la tarde y odiarlo después de pasar cuatro o cinco meses fuera de la rueda.
Un fin de semana no sirve para pensar.
El fin de semana sirve para recuperarte lo justo y volver al ruedo el lunes. Es una parada técnica. Una gasolinera emocional. Descansas un poco, intentas desconectar y el domingo por la noche ya notas otra vez ese olor mental a oficina aunque trabajes desde casa.
Pero cuando tienes tiempo de verdad… ahí cambia la película.
Porque de pronto ves la vida en color y no en blanco y negro. (Creo que eso lo decía Malú en alguna canción, pero es verdad.)
Tu trabajo de mierda te parece todavía más mierda.
Tus compañeros, que seguramente eran majísimos, dejan de interesarte porque todo lo relacionado con ellos huele a trabajo.
Tu jefa desaparece de tus pesadillas.
Dejas de vivir pendiente del reloj.
Y entonces llega algo peligrosísimo.
La calma.
Empiezas a no saber ni en qué día vives.
No necesitas despertador.
Sales a media mañana a tomar un café sin pedir permiso como si fueras un delincuente administrativo.
Comes tranquilo. Si te da la gana te echas la siesta. Y si no, te vas a dar un paseo.
Tu cabeza empieza a funcionar de otra manera.
Piensas.
Pero piensas de verdad.
No en apagar fuegos ajenos ni en responder correos que dentro de dos semanas no importarán una mierda.
Piensas en ti.
En ideas.
En negocios.
En posibilidades.
En cosas que antes no veías porque estabas demasiado ocupado sobreviviendo.
Empiezas a darle vueltas a proyectos que tenías olvidados. Algunos los descartas. Otros los empiezas. Y de pronto entiendes algo bastante incómodo:
Que la mayoría de la gente no vive atrapada porque no tenga alternativas.
Vive atrapada porque nunca tiene tiempo suficiente para imaginar otra vida.
Y cuando por fin tienes ese tiempo, descubres cosas peligrosas.
Descubres que todo llega y todo pasa.
Que el miedo muchas veces no existe, que es una película que tu cabeza proyecta para mantenerte quieto.
Que mañana serás más viejo.
Que tendrás menos energía para todo.
Hasta para echar un polvo, qué cojones.
Y también entiendes otra cosa.
Que si no haces ahora lo que quieres hacer, probablemente no lo hagas nunca.
Porque la vida no suele abrir ventanas eternamente.
Las abre un rato y luego sigue.
Por eso cuando me llamó recursos humanos y me dijo que tenía que pensar en volver, le respondí algo que hace años habría sido incapaz de decir.
Le dije:
“Sí, ya sé que se me acaba la baja. Pero de momento no quiero volver. Tengo cosas más importantes que hacer”.
La número uno: vivir.
La número dos: disfrutar de mi hijo.
Sí, en ese orden.
Y no te voy a engañar, decir eso da vértigo.
Pero también da una paz tremenda.
Porque hace años tomé decisiones que mucha gente no entendía. Mientras otros gastaban, aparentaban o simplemente sobrevivían sin pensar demasiado, yo empecé a construir algo.
Invertir.
Ahorrar.
Aprender.
Crear.
Equivocarme.
Intentar generar ingresos fuera del trabajo.
Diseñar una vida con margen.
Ese sacrificio casi nadie lo vio.
Pero a partir de ahora, se notaran sus consecuencias.
Porque al final todo forma parte de un plan.
Y precisamente de eso hablamos aquí.
No solo de inversión.
No solo de dinero.
Hablamos de recuperar tiempo.
De construir alternativas.
De desarrollar una mentalidad que te permita no depender siempre del permiso de otro para vivir tu vida.
De ideas de negocio.
De herramientas.
De oportunidades.
De cómo dejar de sentir que estás encerrado en una versión gris de tu existencia esperando al viernes como un preso marca rayas en la pared.
No sé cuánto durará esta etapa.
No sé si volveré dentro de unos meses o si encontraré la forma de no hacerlo nunca más.
Pero sí sé una cosa.
Después de probar la vida en color, cuesta muchísimo volver al blanco y negro.
Seguimos,
2mileurista


Esa es la sensación que tienes cuándo eres padre. Descubres que hay otra vida y encima, es maravillosa. Piensas que bien estarías así para siempre. Pero cuando eres padre, crece en ti una responsabilidad para con tus hijos. Ves el mundo de mierda que le espera y piensas… piensas en ellos, ya no piensas en tí.