Este email lo escribí hace un par de semanas.
Si todo ha salido como estaba previsto, ahora mismo estoy en Polonia.
Dentro de un par de días uno de mis mejores amigos se casa y voy a ser su testigo.
Es brasileño.
Y si hace quince años alguien me hubiera dicho que acabaría cruzando Europa para ver casarse a un brasileño en un pueblo de la polonia profunda, probablemente le habría preguntado qué demonios estaba fumando.
Lo curioso es que toda esta historia empezó con una decisión que, en aquel momento, parecía completamente insignificante.
En 2012 estudiaba segundo de ADE en la Universidad de León.
Era la época de elegir destino Erasmus.
Hoy parece casi obligatorio, pero entonces la realidad era bastante distinta. La mayoría de la gente se quedaba en casa.
Las razones eran siempre las mismas.
La novia.
El idioma.
La familia.
El dinero.
El miedo.
Todas eran razones perfectamente válidas.
Yo también tenía alguna de ellas.
Pero había una pregunta que me rondaba constantemente la cabeza.
¿Y si no me voy?
No pensaba en lo que podía ganar.
Pensaba en lo que podía perder.
Mi primera opción fue Wroclaw, en Polonia.
¿Sabes por qué?
Porque el nombre tenía dos “W” y me parecía curioso.
No hubo una estrategia brillante.
Ni una hoja de Excel.
Ni un análisis de pros y contras.
A veces las decisiones que más cambian tu vida empiezan por el motivo más absurdo del mundo.
Recuerdo el día que llegué.
Una maleta.
Un inglés bastante mediocre.
Un frío que en León no conocíamos.
Y esa sensación extraña de pensar: “¿Qué hago yo aquí?”
Durante las primeras semanas todo parecía más complicado de lo normal.
Ir al supermercado.
Preguntar cualquier cosa.
Entender una clase.
Abrir una cuenta bancaria.
Hasta comprar una tarjeta SIM parecía una misión imposible.
Pero pasa algo curioso cuando no te queda otra opción que resolver los problemas.
Los acabas resolviendo.
Y sin darte cuenta empiezas a cambiar.
No solo aprendes un idioma.
Aprendes a confiar más en ti.
Descubres que eres bastante más capaz de lo que pensabas.
Y, sobre todo, dejas de creer que la forma en la que se hacen las cosas en tu ciudad es la única forma posible de vivir.
Ese fue el verdadero regalo del Erasmus.
No fueron las fiestas.
Ni los viajes.
Ni las fotos.
Fue descubrir que el mundo era muchísimo más grande que el pequeño mapa mental con el que había crecido.
Déjame hacer aquí un pequeño paréntesis.
Si tienes veinte años y puedes irte de Erasmus... VETE
Si tienes un hermano pequeño que puede hacerlo... ANÍMALE.
Si algún día es tu hijo quien tiene esa oportunidad... EMPÚJALE.
No porque vaya a volver hablando cuatro idiomas.
Ni porque vaya a encontrar automáticamente un trabajo mejor.
Sino porque hay experiencias que te cambian la forma de pensar.
Y cuando cambia tu forma de pensar, cambian las decisiones que tomas durante el resto de tu vida.
Mi Erasmus terminó en 2014 y volví a España.
Pero había un problema. Sentía que me estaba dejando una parte de mí allí.
Así que, unos meses después, hice otra vez la maleta.
Sin un plan demasiado claro.
Sin saber cuánto tiempo me quedaría.
Solo sabía que todavía no había terminado mi historia en Polonia.
Con el tiempo apareció una oportunidad.
Tres meses de prácticas en una multinacional americana en el departamento de cuentas a pagar y justo a mi lado, un brasileño.
Un tipo bastante peculiar.
De esos que al principio te parecen un poco raros y después descubres que simplemente son diferentes.
Cuando vives a tres mil kilómetros de tu casa ocurre algo curioso.
Los amigos dejan de ser solo amigos.
Se convierten en familia.
Celebran contigo las buenas noticias.
Te ayudan cuando las cosas se complican.
Y hacen que un país que no era el tuyo empiece a sentirse como casa.
Han pasado más de diez años.
Y aquí estoy otra vez.
En Polonia.
Preparándome para verlo casarse.
Mientras escribo estas líneas no puedo evitar pensar que todo esto empezó porque un chaval de veinte años decidió subirse a un avión.
Nada más.
No sabía que estaba cambiando su vida.
Solo pensaba que se iba un curso fuera.
Con los años me he dado cuenta de que las decisiones importantes nunca vienen con un cartel luminoso.
Nadie te avisa.
No suena una alarma.
No aparece un mensaje diciendo: “Atención. Esta decisión cambiará tu vida.”
Simplemente decides.
Y años después miras atrás.
Entonces entiendes que aquel trabajo.
Aquel viaje.
Aquella conversación.
Aquella persona.
Aquella oportunidad que casi dejaste escapar...
Fue el punto donde todo empezó a cambiar.
Muchas veces hablamos de inversiones.
De acciones.
De fondos.
De Bitcoin.
Y todas pueden ser buenas inversiones.
Pero ninguna ha sido tan rentable para mí como invertir en mí mismo.
Irme de Erasmus.
Quedarme a vivir fuera.
Aprender inglés.
Conocer otras culturas.
Salir de mi entorno.
Todo eso no multiplicó directamente mi dinero.
Multiplicó algo mucho más importante.
Las oportunidades.
Y cuando aumentan las oportunidades, normalmente termina aumentando también el patrimonio.
Hoy puedo coger un avión un jueves para venir a una boda sin mirar cuántos días de vacaciones me quedan.
Sin pedir permiso.
Sin negociar con un jefe.
No ha sido suerte.
Ha sido la consecuencia de muchas decisiones pequeñas que, durante años, apuntaban todas hacia el mismo lugar.
Construir una vida con más margen.
Más libertad.
Y más tiempo para las personas que realmente importan.
Porque al final esa es la única rentabilidad que merece la pena perseguir.
La que te permite estar donde quieres estar cuando llega un momento importante.
La mayoría de la gente cree que las decisiones que cambian una vida son enormes.
Yo creo justo lo contrario.
Las más importantes suelen parecer pequeñas.
Tan pequeñas como elegir una ciudad cuyo nombre tenía dos “W”.
Y, curiosamente, todavía hoy sigo viviendo de los intereses que me dejó aquella decisión.
Seguimos.


