El domingo vi la final del Mundial desde el sofá de casa.
Con mi familia, mientras mi hijo estaba durmiendo en la habitación de al lado.
Cada vez que España se acercaba al área bajábamos un poco la voz, como si eso fuera a cambiar el resultado del partido. Y cuando llegó el gol... bueno, no te voy a engañar.
También lo celebré.
Me emocioné.
Sentí ese orgullo absurdo que sentimos millones de personas cuando gana nuestro país.
Durante un rato parecía que todo iba bien.
Que éramos los mejores.
Que habíamos ganado.
Pero entonces terminó el partido.
Apagué la televisión.
Miré el monitor del bebé.
Mi hijo seguía durmiendo.
Y pensé una cosa bastante incómoda.
Mientras medio país repetía “hemos ganado”... yo no había ganado absolutamente nada.
Y tú tampoco.
Lo habían ganado ellos.
Los 26 jugadores.
El cuerpo técnico.
Toda la gente que llevaba años preparándose para ese momento.
Nosotros solo habíamos estado delante de una pantalla.
Y no pasa nada.
El problema no es emocionarse.
El problema no es celebrar.
El problema es confundir la victoria de otros con la nuestra.
Porque el lunes sonó el despertador exactamente igual que el viernes.
La hipoteca seguía ahí.
El trabajo seguía ahí.
La lista de la compra seguía ahí.
Los problemas seguían ahí.
Nuestra vida no había cambiado.
La de ellos sí.
Y es completamente normal.
Se la han ganado.
Lo curioso es que nosotros solo vimos 120 minutos.
Ellos llevan veinte años jugando ese partido.
Nosotros vimos un gol.
Ellos recuerdan miles de entrenamientos cuando llovía.
Nosotros vimos una celebración.
Ellos recuerdan las lesiones, los días malos, las derrotas, el gimnasio cuando no apetecía, la alimentación estricta, el psicólogo deportivo y las veces que renunciaron a hacer lo que hacía todo el mundo porque tenían un objetivo mucho más grande.
Eso es lo que casi nunca vemos.
La parte aburrida.
La disciplina.
Y resulta que ahí es donde se construye la élite.
No en la final.
No levantando una copa.
Sino cuando nadie está mirando.
Creo que esa es la verdadera enseñanza del Mundial.
No que España tenga grandes futbolistas.
Eso ya lo sabíamos.
La enseñanza es que cualquier resultado extraordinario suele esconder miles de días completamente ordinarios.
Días en los que nadie aplaude.
Días en los que no hay cámaras.
Días en los que simplemente haces lo que tienes que hacer.
Y eso sirve para el fútbol.
Pero también para cualquier otra cosa.
Para crear una empresa.
Para aprender una profesión.
Para invertir.
Para escribir.
Para sacar adelante una familia.
Para construir una vida de la que puedas sentirte orgulloso.
Así que celebra el Mundial.
Claro que sí.
Disfrútalo.
Ponte la bandera si te hace ilusión.
Pero no conviertas esa en la mayor victoria de tu año.
Que esos jugadores no sean solo una excusa para emocionarte.
Que sean una inspiración para preguntarte una cosa mucho más importante.
¿Cuál es el Mundial que estoy jugando yo?
¿En qué estoy entrenando mientras nadie mira?
¿En qué estoy mejorando mientras el resto solo consume?
Porque dentro de veinte años nadie recordará dónde viste aquella final.
Ni siquiera tú.
Pero sí recordarás si esos veinte años los dedicaste a celebrar las victorias de otros o a construir las tuyas.
En fin.
El Mundial ya terminó.
Ahora empieza el tuyo.
2mileurista


