El martes después del Gordo
Cuando la ilusión se va y solo quedas tú
Ayer por la mañana tenía el sorteo de Navidad de fondo. No por fe, sino por costumbre. Como quien deja la tele encendida mientras hace otra cosa, esperando que pase algo.
Los niños cantando números que suenan a salvación y a mentira a partes iguales. Bolas que suben, bolas que bajan. Millones que cambian de manos en segundos. Y yo, con el café ya frío, mirando la pantalla sin mirar de verdad.
Mi pareja, desde el sofá, suelta la pregunta inevitable:
—¿Y tú qué harías si nos tocara el Gordo?
No contesté al momento, me quedé pensando. Y cuanto más lo hacía, más absurda me parecía la escena. Porque la respuesta honesta no era épica. No había yates, ni Ferraris, ni libertad absoluta.
La verdad es que… no me daría ni para un piso mejor que en el que vivo en Gijón. Un poco más grande, quizá. Un poco más nuevo. Pero seguiría despertándome con la misma cabeza. Con los mismos hábitos. Con los mismos problemas, solo que mejor pintados.
Y ahí entendí algo incómodo: el Gordo no te cambia la vida si tú no estás preparado para cambiarla.
Ahora tú estás leyendo esto, cuando el sorteo ya pasó y la magia colectiva se evaporó. Ya no hay décimos compartidos, ni esa fantasía breve de salir del pozo sin ensuciarte las manos, ni “¿y si…?”.
Vuelve la realidad.
Tu realidad.
Ese momento exacto en el que la ilusión se va y aparece el silencio. Y en ese silencio hay dos tipos de personas: las que vuelven al piloto automático… y las que deciden hacer algo con el cabreo.
Porque seamos claros: la mayoría no quería el dinero. Quería la salida. La excusa para dejar una vida que no le gusta sin tener que asumir la responsabilidad de cambiarla.
Pero el martes no perdona.
El martes te mira y te dice: “Vale, ya no hay suerte. ¿Qué vas a hacer ahora?”
Planificar. Ahorrar. Invertir.
Palabras feas. Palabras aburridas. Palabras que nadie quiere escuchar cuando todavía le resuena en la cabeza el canto de los números. Pero son las únicas que funcionan.
Si ya inviertes, aumenta.
Si no inviertes, empieza.
Hoy. No en enero. Hoy.
Porque ahora empieza la temporada alta de mentiras. Los propósitos de año nuevo. El “este año sí”. El “después de Reyes”. El “cuando pase Navidad”.
Spoiler: será Navidad siempre.
Siempre habrá cenas. Siempre habrá gastos. Siempre habrá una razón perfecta para no empezar. Y mientras tanto, los años pasan como los sorteos: uno detrás de otro, sin que te toque nada.
Yo en noviembre empecé esta newsletter y retomé el gym. No esperé al año nuevo, porque sabía exactamente lo que pasaría: llegaría enero y seguiría poniendo excusas. Así que empecé cuando tocaba.
Esperar a la fecha perfecta es una forma elegante de no hacer nada.
Todo llega, sí.
Pero no llega solo.
Aún te queda una semana para acabar el año.
Una semana para empezar lo que llevas años prometiéndote.
Una semana para demostrarte que no necesitas un décimo premiado para moverte.
El sorteo ya pasó, la ilusión se fue y ahora queda lo importante: Tú, frente a tu vida, sin números mágicos.
Hasta el año que viene ya no habrá mas niños cantando, pero mientras tanto yo si estaré aquí.
Seguimos!
2mileurista

