El 15 de agosto es probablemente uno de mis días favoritos del verano.
No por nada especial.
Simplemente es uno de esos días en los que parece que todo el mundo está de vacaciones, hace bueno, no tienes demasiadas cosas que hacer y, por alguna razón, acabas comiendo y bebiendo mucho más de lo que deberías.
Como cada año fui a las fiestas de un pueblo del paramo leones de unos 200 habitantes.
Bueno, durante las fiestas somos unos cuantos más.
A mediodía tocaba paella familiar.
La de la abuela.
Y joder, qué paella.
De esas que te hacen pensar que igual merece la pena vivir solo para volver a comerla el año que viene.
Aunque este año, mientras comía, tuve una sensación un poco diferente.
Mi madre ya es la abuela.
Y yo ya soy el padre.
Mi hijo estaba por allí gateando y el año que viene tendrá una prima con la que correr por el pueblo.
No sé.
Supongo que son esas pequeñas cosas que te hacen darte cuenta de que los años van pasando aunque tú sigas sintiéndote exactamente igual que hace diez años.
La comida se alargó, como siempre.
Y después me habría encantado echarme una siesta, porque acabé completamente reventado, pero entre un café de puchero y una mini piscina conseguimos sobrevivir hasta la tarde.
Entonces llegó el acontecimiento deportivo del año.
Solteros contra casados.
Yo soy bastante malo jugando al fútbol, así que me tocó ser el portero, y por si tenias dudas: sí, perdimos.
Los solteros eran algo más jóvenes, tenían más energía y corrían bastante más.
Yo bastante hice con intentar que no me metieran veinte.
Ya sabes: Mejor joven y con ganas que viejo y cansado.
Después del partido nos fuimos al Teleclub.
Si no sabes lo que es, imagínate un bar de pueblo donde una cerveza cuesta la mitad que en Gijón y donde la palabra “especialidad” solo se utiliza para hablar de la tortilla.
No hay cafés de especialidad.
No hay matcha.
No hay brunch.
Y tampoco parece que nadie los eche de menos.
Estábamos en la plaza, que es básicamente el punto de reunión del pueblo.
Ahí acabas encontrándote con gente que no ves durante todo el año.
Amigos de los veranos de cuando éramos pequeños.
Los de siempre, aunque cada vez somos menos “los de siempre”.
Algunos vienen de la capital, otros viven fuera, otros ya tenemos hijos, otros están casados...
Y siempre hay alguno que te cuenta que le va fenomenal.
Que se ha comprado un BMW.
Que ha estado en no sé dónde.
Que está mirando otro coche.
Que se ha comprado no sé qué.
Todo perfecto.
Hasta que empiezas a hablar un poco más y aparece la otra parte.
Está hasta los cojones de trabajar de lunes a viernes para pagar precisamente todo eso.
El BMW está aparcado en la puerta.
Al trabajo va en metro.
Y el fin de semana tampoco lo mueve demasiado porque la gasolina está cara.
Y me hace gracia porque seguimos midiendo el éxito de formas bastante extrañas.
Coche.
Ropa.
Viajes.
Restaurantes.
Instagram.
Cada uno tiene sus prioridades, obviamente.
Pero yo cada vez tengo más claro que no quiero jugar demasiado a eso.
A mí me interesa más tener tiempo.
Poder decidir qué hago.
Poder estar un martes por la mañana con mi hijo.
Poder trabajar en algo porque me apetece.
Poder decir que no.
Poder irme unos días sin tener que pedir permiso a un jefe.
Quizá por eso últimamente le doy tantas vueltas a todo esto del dinero.
Y precisamente de eso hablo mucho más en la parte premium de esta newsletter.
Allí comparto mis inversiones, las operaciones que hago, las empresas que estoy mirando y, sobre todo, cómo estoy intentando construir esa vida con más libertad y menos dependencia del trabajo.
Si te interesa acompañarme también en esa parte, puedes suscribirte aquí.
Y ahora sí, volvamos a la verbena...
Por la noche llegó la verbena.
El Dúo Dinámico.
O lo que viene siendo Ibiza, pero sin pagar 80 euros por entrar y con gente menos guapa.
Entrada gratis.
Cubatas regalados.
Música en directo.
¿Qué más quieres?
Aquí por la noche se acabaron las historias de los coches y empezó otra competición.
A ver quién llegaba más lejos.
Quién bebía más.
Quién acababa peor.
Y aquí también perdí.
Pero este año tenía una excusa.
No podía permitirme estar de resaca al día siguiente, el guaje ya sabéis.
Hace dos días estaba preocupado por llevar el botellón. Este año estaba preocupado por no beber demasiado.
El año pasado era el que trabajaba de lunes a sábado diez horas. Este año estoy en excedencia.
Todavía en enero tenía un jefe diciéndome qué tenía que hacer y cuándo. Ahora soy yo quien decide.
Y todo esto ha pasado en unos meses.
No hace falta que pasen diez años para darte cuenta de que las cosas cambian.
A veces cambia todo en un verano, el del 2026 ya casi ha pasado y en septiembre también vendrán cositas.
Algunas llevan meses preparándose.
Otras han aparecido por el camino.
Pero creo que este verano me ha servido para acordarme de una cosa bastante sencilla:
hay que intentar tener la vida un poco encarrilada antes de que llegue la siguiente etapa.
No hablo de tenerlo todo resuelto.
Eso no lo tiene nadie.
Pero sí de intentar que el trabajo, el dinero y todas esas cosas que nos preocupan tanto estén suficientemente controladas como para poder sentarte un 15 de agosto delante de una paella y no estar pensando en ellas.
Porque al final, probablemente, eso sea lo importante.
Que puedas estar allí.
Con los tuyos.
Comiendo la paella de la abuela.
Aunque ahora la abuela sea tu madre.
Y tú seas el que está pendiente de que el niño no se tire a la piscina.
En fin.
Solo te quería contar cómo fue mi 15 de agosto.
El año pasado era el hijo.
Este año soy el padre.
Y septiembre viene cargado.
Estate atento y no te las pierdas.
Seguimos
2mileurista


