Copas, croquetas y queso
Crónica desde un palco VIP
Este domingo fui a uno de esos sitios donde, en teoría, se reúne “la gente importante”, la gente que va de traje, que habla de negocios, que pide gin-tonics con cara de saber lo que hace y que se supone que está un escalón por encima del resto.
Un palco VIP, Business Club lo llaman, de 180 euros la entrada, barra libre, canapés y un espectacular Sporting de Gijón vs Huesca de Segunda División. Glamour en estado puro.
A mí me invitaron, así que fui, y además fui sabiendo perfectamente dónde me metía, sin ilusiones raras, sin pensar que aquello iba a cambiar mi vida, sin creerme nada especial por cruzar una puerta distinta.
Nada de camisa planchada, nada de mocasines relucientes, nada de polo con cuello levantado para aparentar lo que no soy.
Me puse mi camiseta del Sporting de la temporada 19/20 y la bufanda a juego, como toca, como Dios manda.
Porque yo iba al fútbol, el resto iba al postureo.
Y eso se notó desde el minuto uno.
Aquello no era un palco VIP, era el club de los gorrones.
Gente de medio pelo, que por alguna carambola había acabado allí sentada, mirando el césped desde una esquina, fingiendo normalidad, pero sabiendo perfectamente que ese no era su sitio habitual.
Dudo seriamente que nadie pagase 180 euros por estar en un bar con croquetas industriales y vistas laterales al campo.
Meterme a las cinco y media de la tarde a merendar una tabla de embutidos con un gin-tonic, pues sinceramente, me apetecía entre poco y nada.
Lo probé, claro, porque uno tampoco es de piedra, pero lo que más me llamó la atención no fue la comida ni la bebida, sino el hambre… emocional que había allí dentro.
La gente se lanzaba a la barra como si no hubiera bebido una copa en su vida.
Entraban.
Salían.
Otra copa.
Más queso.
Más croquetas.
Durante el partido.
Como si el césped fuera solo un decorado de fondo.
En un momento dado, tenía al lado a un tío con la mano llena de tacos de queso grasientos.
Literalmente la mano, ni plato, ni servilleta, ni dignidad. Solo queso y ambición.
Luego estaba el photocall del Sporting.
Cola para hacerse la foto, para sonreír forzado, para subirla a Instagram y contarle al mundo: “Mira dónde estoy, mira lo importante que soy, mira lo bien que me va”.
Como si a alguien le importase lo más mínimo.
Dos detalles más, Uno picante, otro directamente surrealista.
En la fila de abajo un señor de unos 45 o 50 años, el fútbol le daba exactamente igual lo importante era WhatsApp, y puedo llegar a entenderle, una joven le estaba enviando fotos en ropa interior, sin ningún tipo de pudor.
Pensé: “Este, probablemente, es el único que tiene dinero de verdad”.
El segundo detalle fue todavía mejor.
La acompañante de otro señor, durante el partido estaba leyendo un libro.
Tranquila, concentrada, pasando páginas, como si estuviera en una biblioteca y no en un palco VIP con cincuenta personas bebiendo alrededor. Ni disimular ya.
En el descanso: nuevo saqueo.
Copas.
Croquetas.
Queso.
Más copas.
Más croquetas.
Más queso.
Sabían a plástico, pero eran gratis. Y eso, en esta vida, lo arregla casi todo.
El descanso dura quince minutos, pues así estaba el palco en el primer gol de la segunda parte: Vacío
El primer gol solo lo vi yo. El resto estaría “haciendo negocios”.
O haciendo stories.
O haciendo el ridículo.
Nunca se sabe.
Y ahí estaba yo.
Con mi camiseta.
Con mi bufanda.
Mirando el partido.
Disfrutando del gol.
Pensando: “Qué curioso es todo esto”.
Porque en una sala pequeña, en noventa minutos, estaba resumida media sociedad.
Gente con dinero, aburrida de vivir.
Gente sin dinero, jugando a parecer rica.
Gente intentando cerrar tratos para ser del grupo de los aburridos.
Y yo, que estaba allí por casualidad, siendo el mismo de siempre.
Y al final la lección es sencilla, aunque a muchos les cueste entenderla:
Una camisa no te hace importante.
Un gin-tonic no te hace interesante.
Un palco no te hace mejor.
Las apariencias solo sirven para impresionar a gente que tampoco sabe muy bien quién es.
Y mientras algunos se disfrazan cada fin de semana para parecer algo…
Otros seguimos yendo al fútbol con nuestra camiseta de siempre.
Si has llegado aquí, probablemente seas de los que todavía prefiere la realidad al decorado.
Aquí no hay gin-tonics gratis, pero sí historias reales.
Un abrazo,
2mileurista



Al palco del Molinón fui 3 veces al palco de constructoras y como dices se va a cerrar negocios.
Me alegro de que lo disfrutases, Y si fue con una copa en la mano mejor! Hay que disfrutar el momento! Ese palco me recuerda a mi pueblo, es un reflejo de mi miniciudad, vivo en la ciudad del postureo, donde todo depende de quién es tu padre, donde trabajas o que bolso llevas colgado… y los que nos salimos de ahí somos los raros, pero creo que somos los que más disfrutamos, sin miedo a perder una mierda oportunidad que no existe o a salir mal en un selfie!