Recuerdo aquel 2 de febrero de 2015 como si fuera ayer.
Tenía 24 años recién cumplidos y vivía en Polonia, compartiendo un piso diminuto en uno de esos bloques comunistas con la que hoy es mi mujer y la madre de mi hijo.
Todavía puedo recordar perfectamente la ropa que llevaba aquella mañana.
Un pantalón de vestir azul marino.
Unos zapatos que apenas me ponía.
Y la única camisa azul clarita que tenía en el armario.
Quería causar buena impresión.
Era mi primer día de trabajo como becario en una multinacional americana. En un país que no era el mío. Sin contactos. Sin experiencia. Sin ningún plan B.
HP. Sí, la de los ordenadores.
Tenía tres meses por delante para demostrar que valía y conseguir algo que entonces me parecía fundamental: un trabajo estable.
Lo que pasó aquel primer día no fue exactamente como me lo había imaginado.
Mi jefa no estaba.
Nadie sabía muy bien qué hacer conmigo.
Y terminé en una sala llena de facturas.
Cuando digo llena, quiero decir llena de verdad.
Había montañas de papeles sobre las mesas, cajas apiladas por el suelo y archivadores por todas partes.
Mi trabajo consistía en coger una factura, meterla en una especie de escáner industrial y repetir el proceso durante horas.
Una detrás de otra.
Y otra.
Y otra más.
Recuerdo estar allí sentado pensando que aquello no podía ser todo.
Había cruzado media Europa para acabar escaneando facturas.
Ni siquiera estaba delante de una pantalla.
Pero lo mejor vino después.
Al final del día descubrieron que había estado metiendo buena parte de las facturas al revés.
Había creado cientos de archivos en blanco.
Mi estreno profesional fue tan brillante que salí de aquella oficina convencido de que no servía ni para la tarea más simple que existía.
Afortunadamente, cuando empiezas tan abajo solo puedes mejorar.
Y mejoré.
Al mes y medio me ofrecieron un puesto fijo en el departamento de cuentas a pagar.
Todavía recuerdo la sensación.
Ya estaba dentro.
Lo había conseguido.
Tenía trabajo.
Tenía sueldo.
Tenía seguridad.
Iba a trabajar ocho horas al día por 640 euros al mes y, en aquel momento, me parecía una auténtica victoria.
Y así empezó una carrera profesional que me ha llevado por varios departamentos, varias empresas, varios países y unos cuantos jefes.
Una carrera que me ha enseñado muchísimo.
Que me ha permitido construir una familia.
Comprar una casa.
Invertir.
Ahorrar.
Y llegar hasta donde estoy hoy.
Por eso resulta curioso que, después de perseguir durante tantos años aquello que tanto deseaba cuando tenía 24 años, haya llegado a una conclusión bastante simple.
Ya no lo quiero.
Hoy se cumplen 4.145 días desde aquel primer día en HP.
Y estás leyendo este email en una fecha que probablemente recordaré durante mucho tiempo.
Porque mañana ya no tengo sueldo.
Mañana ya no tengo jefe.
Mañana ya no tengo horario.
Mañana ya no tengo reuniones.
Mañana ya no tengo que pedir permiso para vivir mi propia vida.
Mañana termina una etapa que ha durado casi 12 años.
Algunos me dicen que estoy loco.
Otros me dicen que soy el puto amo.
Yo no creo que sea ninguna de las dos cosas.
Simplemente creo que he llegado a un punto en el que el coste de seguir en la carrera de la rata es mayor que el riesgo de abandonarla.
Y por primera vez en mucho tiempo, me apetece descubrir qué pasa cuando dejas de correr.
Saludos.



Tienes mucho mérito. Creo que sería muy interesante que un día escribieses un post sobre como y cuando decidiste que tenías que salir de León y buscar mejores oportunidades por el mundo. En mi caso siempre he valorado más seguir en mi hogar pero está claro que cada cual tiene distintas prioridades ya que hemos nacido en entornos y contextos diferentes.
La carrera de la rata es horrible. Que falten huevos lo es más. Me estoy viendo en ambos puntos ahora.
A por todas y mucha suerte